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Te voy a contar mi vida, que me apetece

Sahara

Sahara

  

Nunca he pisado nada igual. Los dedos de mis pies se hunden a cámara lenta como fundiendose en una suave pasta de queso cheddar. La arena es tan delicada y fina que me siento como un trocito de calabacín rebozandose para tempura. El sol anaranja más aún las dunas, a medida que desciende rozando ya la línea del horizonte. Ya no hace calor, y esta leve arena que me rodea y que hasta hace escasas dos horas se tostaba bajo la inclemencia del astro rey, comienza a levantarse en un viento incesante que te sepulta sin que te des cuenta y tiene algo de torbellino cruel.

Veinte minutos de camino sobre la miel rojiza del Sahara, lo suficiente para alejarme del bullicio. Hace un rato que deje de oler la mierda de los dromedarios que se dirigían en decenas cargados de europeos desde Ksar Guilane, y ahora solo me llega el aroma verde y dulzón de un lejano palmeral que el viento arrastra hacia mi. Da igual hacia donde dirija la mirada, las inmensas y onduladas dunas abarcan todo mi plano visual.  Agradezco haber caído en el último momento en traer un pañuelo para proteger mi pelo de los latigazos de arena y las gafas de sol para dejarme deslumbrar por el fuego del atardecer.

La puesta de sol no dura mucho. Un breve lapso de tiempo, embriagador e hipnótico, en el que el mundo se para y la repiración se corta sin que ni la absoluta certeza de un oasis te haga recuperar el aliento.

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Recibir el váter

Recibir el váter

"Pase usted, por favor, tome asiento. Tiene buen aspecto, un pelín pálido, quizá. Póngase cómodo, no se inquiete por el agüjero. Está usted en su casa. ¿Le sirvo algo de beber o está cansado del sonido de la cisterna?" 

Que no... que no se me ha ido la pinza. Que aún conservo mi neurona, aunque haga bastante tiempo que no la pasee por aquí y pese a que cualquiera pueda pensar lo contrario a juzgar por el título de este post. Cualquiera, claro está, que no haya estado inmerso nunca en la pesadilla de hacer obras en casa. Y es que "Recibir el váter" es, queridos, la expresión que usan los albañiles para la labor consistente en "asegurar con yeso u otro material un cuerpo que se introduce en la fábrica, como un madero, una ventana, etc" (Real Academia Española © Todos los derechos reservados)... O, lo que viene a ser lo mismo, instalar el inodoro.

Y es que de todo se aprende. Tener a paletas en casa, pitillo en boca y vapor etílico en el aliento desde el primer rayito solar -cuando no rayita- puede resultar desquiciante, pero es sin duda una fuente inagotable de sabiduría. Del Bibi, uno de los rumanos que ayudó a configurar la estética actual de mi casa (el que hablaba, el otro no articulaba palabra en castellano), aprendí muchas cosas. Por ejemplo, que es imprescindible llenar el depósito con un par de litros de cerveza por jornada de trabajo si quieres que la obra avance, o como mínimo que haya alguien haciendo que trabaja en ella.

Reconozco que pese a tirar paredes, alisar gotelé, bajar escombros cuatro pisos sin ascensor, subir muebles esos mismos cuatro pisos por las mismas escaleras, compartir mis días con el Bibi y el mudo, pelearme con los de Ikea, desesperarme con los del Leroy Merlin, poner suelo, blanquear juntas... la cosa no fue para tanto. Al menos aprendí a recibir con educación al váter.

Broken

Broken

9 de abril de 1994. El mar se tiñe de rojo y las gaviotas ajetrean su vuelo en manada como amenazadas por la erupción de un volcán. La arena suave de las dunas empieza a cambiar de temperatura, destostandose poco a poco. La brisa refresca y trae impregnado el aroma de los pinos y las jaras en flor, exultantes. Antonio se afana con la guitarra repitiendo una y otra vez los primeros acordes de Come as you are. Las gemelas, Inma y Almu, prefieren tocar palmas y cantar con aire aflamencado, construyendo una versión que haría resucitar al mismísico Cobain. No me apetece la jarana y me alejo de ellos caminando hacia la orilla, para poder escuchar más nítidamente los bramidos del oleaje. Al otro lado del Piedras, un paisano y su nieto se bajan de una patera azul en el pantalán. No llevan mucho. Siete doradas, cuatro robalos, una docena de chocos. El chico, delgado con incipientes bozo y acné, se hace cargo de la sacadera tratando de controlar los peces que aún se rebelan coleando. Las manos expertas del abuelo se encargan de que los chocos no lo embadurnen todo de tinta. El sol encarnado se refleja en los muros encalados de las casitas bajas del pueblo. Una mujer, morena y oronda, vocea que lleva pijotas frescas frente a la pequeña iglesia. Anochece suavemente sobre El Rompido.

6 de abril de 2007. Un cochecito eléctrico sale del campo de golf y se detiene en el parking de la Marina, frente al inmenso complejo hotelero. La luz del atardecer se proyecta sobre una profusión de pequeños e idénticos bungalows, de forma que sus fachadas de diseño adquieren un tono rosado de lo más chic. El color combina a la perfección con los polos Ralph Lauren de distintos tamaños que llevan puestos los cuatro componentes de una familia de rasgos anglosajones, según descienden de su Mercedes, aparcado junto al cochecito de golf. Un bullicio considerable de gente me impide percibir el rugido del oleaje desde la terraza del Luz de Mar, donde me relajo tomando un cóctel de té. El enclave tiene unas vistas privilegiadas al atestado puerto deportivo. Dos motos de agua petardean competitivas ahuyentando a las estremecidas y escasas gaviotas. Un ferry deposita pasajeros al otro lado del Piedras, donde ya hay una considerable multitud apostada para ver la puesta de sol. La noche cae al ritmo de un estrepitoso chill-out sobre la flecha de El Rompido.

Inventario

Inventario

Cincuenta y seis marzos, tres dioptrías de hipermetropía, veinte dedos, tres juanetes, una alianza, 240 cigarrillos de tabaco negro en el armario, cuatro propiedades inmobiliarias, una hermana menor, ningún progenitor vivo, dos pares de hileras de pestañas rubias, treinta y siete mil horas de radio escuchadas, una hernia discal operada, cuatro hijos adultos, doce sobrinos, una suegra, un millón trescientas cuarenta mil lágrimas derramadas, seiscientas treinta y cuatro mil sonrisas regaladas, veintinueve dientes, treinta y seis números guardados en el teléfono móvil, dieciocho bolsos, veintidós tomos de enciclopedia, cinco novelas de Gabriel García Márquez, siete lustrosas plantas de interior, un marido, tres escobas, cuatro televisores, ciento cincuenta y ocho centímetros de estatura, un barquito de pesca, ciento treinta y ocho mil pelos en la cabeza, un clavo en la rodilla derecha, una cicatriz en el dedo meñique de la mano izquierda, setenta y cuatro céntimetros de perímetro abdominal, siete pares de pendientes de oro, diecinueve relojes, seis discos de Joan Manuel Serrat, dos oídos y tres cuartos de tímpano sano, veinte sueters, sesenta y siete kilogramos de peso; dos cuñados taxistas, doscientos quince gramos de arena de El Rompido repartidos entre los zapatos, un par de codos... media tarta de cumpleaños: Cincuenta y seis velas. Felicidades.

Tacones cercanos

Tacones cercanos

Calzarse unos zapatos de tacón supone sin duda uno de los primeros síntomas de haber entrado en la escalada a la edad adulta. Entre mis recuerdos, tengo almacenada en la memoria la primera vez que me puse unos tacones. Tenía catorce años y era la segunda boda de mi tío. Al principio, después de algunos pasos tambaleantes e inseguros frente al espejo de mi habitación, me sentí alta, mayor, esbelta y sexy... para cuando acabé la jornada, lo que sentía era un indescriptible dolor en cada uno de mis dedos y el ardor de la que sería mi primera dureza.  Desde entonces, sueno al andar... No es que me guste especialmente, pero no puedo evitarlo.

La gente se esfuerza en analizar el repiquetear de mis pasos -que son algo así como la banda sonora de un desfile militar- y en atribuirle significado. Caminas deprisa como una forma de huir constante, sostienen unos. Tu andar nervioso responde a esa incorregible y crónica impuntualidad, mantienen otros. O esa enérgica forma de atormentar el suelo es una muestra inequívoca de tu rotunda personalidad, comentan los de más allá. Sandeces.  No digo que mi trote de yegua percherona no tenga que ver con mi forma de ser, pero no me convencen las atribuciones estupendas. Mi teoría es física: Piso mal, o al menos eso dice un profesional de verdad: mi zapatero.

Se llama Javier y lleva un minúsculo pendiente en la oreja izquierda. Unos de esos con brillante, de los que llevaban los chicos al inicio de la década de los noventa. La mejor etapa de su vida debió transcurrir por aquél entonces, porque el pelo pincho y el flequillo engominado también corresponden al estética de esa época.... Como esas señoras de avanzada edad que siguen peinandose con moños altos y tirantes y vestidos a lo Audrey Hepburn, aferrándose a los sesenta en un esfuerzo por reprimir el indecoroso paso del tiempo.

También tiene, Javier (mi gepetto particular), la sonrisa franca de un tío trabajador, la mirada clara y dulce de una buena persona,  las manos y el diagnóstico de un experto... Gracias a él, sé lo que es el "cambrillón", palabra que ya forma parte de mi vocabulario habitual y cuál es el problema fundamental del calzado moderno. Gracias a él, he aprendido a valorar lo importante que es el trato personal entre tanto abismo cibernético. Gracias.

Ya no te quiero

Ya no te quiero

Lo del amor eterno es algo que a algunos les funciona... y a otros no, aunque en nuestra sociedad está muy mal visto reconocerlo. En cualquier caso, lo duro no es reconocerlo sino asumirlo. Asumir el final del amor es tan angustioso, tan decepcionante, tan involuntario como la muerte.  De hecho, es como si te murieses un poco, como si pereciera una parte de ti. Una parte que hasta ese momento creías imprescindible. Incluso es inevitable tener la misma sensación de estúpida impotencia con la que te despides de un moribundo.

Los que apoyan las vertientes filosóficas relativistas (que según el Papa son demasiados) son de la opinión de que en realidad depende de la percepción del amor que tenga cada uno. Puede ser. Desde luego, hay -cuando menos- dos tipologías de amor claramente diferenciables. El amor "fraternal", familiar, el de la serena convivencia, el de los matrimonios ancianos, el de los amigos vitalicios... es de los que dura, sino eternamente, casi. Pero ése no se parece en nada al pasional, al de la efervescencia y la necesidad enfermiza, que sin embargo es de los que más rápidamente se extinguen. O eso dicen.

Es sobre todo, la asunción de la pérdida de este segundo tipo de amor la que además de ser más frecuente genera más enajenación. Claro. Es un contraste tan drástico. Pasar de la necesidad absoluta, inquebrantable, física... a la desidia, al aburrimiento, al bostezo, a la asfixia, a la búsqueda de aire... dejándote como un convaleciente post-operatorio, con un vacío orgánico, como si te hubiesen extirpado alguna glándula hasta entonces vital.  

El desamor duele hasta el enloquecimiento, sí. Pero aún conociendo el riesgo que se corre, siempre merece la pena intentarlo, ¿no?

 

Qué guapo le han dejao...

Qué guapo le han dejao...

Creo que no hay nada que me produzca más respeto que la muerte, y su certeza más miedo aún. Es lo que tenemos los ateos... te da un vértigo pensar que se acaba la buena (o la mala) vida y que después ya no hay nada... Por eso, y porque es la única forma que conozco de afrontar el miedo, yo me lo tomo con sentido del humor... siempre que puedo. 

Los tanatorios son lugares macabros y los velatorios actos sociales un tanto escabrosos, donde se reúnen los allegados de un difunto alrededor de su cuerpo sin vida para llorar, darse consuelo los unos a los otros y recordar al ser querido recién fallecido cuando estaba en vida. Estas cosas tienen siempre una porción de compromiso social que me repugna. Gente que va porque se siente obligada a hacerlo y que habitualmente no pintan nada allí. Me resultan especialmente desagradables los comentarios frente a la vitrina: "¿No quieres verle? Está como dormido... mira qué guapo le han dejao." Pese a todo, no es especialmente difícil ver al cogollo familiar del muerto carcajear entre lágrimas rememorando experiencias vividas con el ausente. Sin un atisbo de frivolidad. 

Hace algunos años, mi santo padre decidió pegarse un chapuzón en el Río Piedras, para paliar el calor que apretaba inmisericorde en "El Mojito", barquito en el que mataba la siesta intentando pescar algo. Un corte de digestión traicionero le incapacitó para salir a la superficie con normalidad y empezó a bracear consiguiendo como único efecto agotar la fuerza de sus músculos. Mi madre, que le avistó desde la cubierta, le observó divertida pensando sin duda que se trataba de una broma. En seguida comprendió que no había gracia alguna en los aspavientos, y empezó a ponerse nerviosa. 

Mi padre comenzó a gritarle: ¡Tira de la caña! ¡Tira de la caña! con la pretensión, no sé si absurda, de agarrarse al sedal y ser remolcado por mi madre cual salmonete.... pero mi madre que, desde hace ya años y aunque ella niegue esa evidencia, está bastante teniente, entendió: ¡Tiradme la caña! ¡tiradme la caña! ...y eso hizo. Arrojarle la caña a mi padre... disipando con ello toda posibilidad de ser pescado. 

Finalmente le sacaron del agua, y tengo entendido que yaciendo en el pantalán, hinchado, lívido, inconsciente y con lo ojos en blanco es cuando más cerca ha estado de parecer muerto. No soy capaz de reproducir con palabras los escalofríos y el punzante dolor de pecho que me produce esa imagen mental. Pero aún así, no hace mucho me reía a carcajadas con mi familia recordando la anécdota de la caña...

No me toques las bartolinas

No me toques las bartolinas

Hay gente a la que le gusta debatir sobre política antiterrorista (muy de moda últimamente), del panorama de nueva revolución "socialista" latinoamericano, de la última eliminatoria de Operación Triunfo, de la criba de Capello en el Real Madrid... y a mi me parece de perlas. Que la gente hable de lo que le de la gana, pero sobre todo que hable. Que la comunicación entre los humanos es muy importante (y no lo digo porque me dedique a ello) sino porque es verdad. Si se tercia, yo también hablo de estas cosas... ¡que no se diga! Una es periodista, que es la profesión más seleccionada por los miembros de mi familia después del taxi. Nos va la marcha. Dos de las profesiones más vilipendiadas por la opinión pública. Básicamente por lo mismo: por hablar de todo sin saber de nada.
Pues eso, que yo en estos temas sólo intervengo si no hay más remedio. Más que nada por ignorante. Si me dan a elegir, francamente me siento mucho más cómoda hablando de filosofía. De filosofía de la calle. De la castiza. No vayamos a llamarnos a engaño. Y de ciencia, también... de ciencia sin conciencia. Por ejemplo, ayer sin ir más lejos el tema al que dediqué mi debate vespertino de domingo pre-cine fueron la glándulas bartolinas. ¿Sabéis lo que son? Yo no tenía ni idea y eso que son muy importantes. Son dos glándulas situadas a cada lado de la vagina. Secretan una substancia de mucosidad que desemboca por medio de conductos al vestíbulo y al surco que separa los pequeños labios del himen. Es decir, son las responsables de la lubricación. O sea, importantísimas. Y si no qué se lo pregunten a la del anuncio de Vaginesil. La pobre, que la sacan con una cara que con sinceridad no resulta verosímil para hablar de relaciones sexuales.
Las glándulas bartolinas, de Bartolo (supongo), son dos. Cosa rara teniendo en cuenta que solo hay una oquedad que lubricar. Claro que también hay dos testículos y un solo pene... ¿Por qué? Es un misterio de la naturaleza. Lo que me lleva a una reflexión metafísica sin precedentes -en mi, claro- (Nótese el elegante cambio de ciencia a filosofía). Cuál es la causa última de que de algunos órganos tengamos dos y de otros uno. Quizá se trate de un residuo evolutivo... puede que en un primer estadio los humanos tuviésemos dos vaginas y dos penes... Lo que parece claro es que allí donde hay un agujero único, llámese boca, ano o vagina, a todos les da por meter lo mismo...
Según los veo ahora, mis pensamientos escritos, me da bastante miedo percibir que mis neuronas prefieren dilucidar sobre la posibilidad de que el hombre prehistórico tuviese dos pollas que sobre la crisis de estado. En fin, todavía estoy a tiempo de hacerme taxista.

Ya vienen los Reyes...

Ya vienen los Reyes...

Desde hace ya casi un par de décadas, cada año por estas fechas se viene alimentando la misma polémica: ¿Papá Noel o Reyes Magos? Hay quién se deja arrastrar por las nuevas tendencias, cediendo al embrujo de gordo de rojo con la débil excusa de que para los niños está mejor recibir sus regalos el 24 de diciembre ya que así pueden disfrutar más tiempo de sus juguetes. Otros, en cambio se mantienen firmes ante la tradición de los Magos de Oriente. Pero el caso es que entre unas cosas y otras, ante el fervor consumista que hace estragos en nuestras almas durante las fiestas navideñas, cada vez hay más gente que da y recibe obsequios dos veces, por la Navidad y por la Epifanía... que nunca he sabido lo que quería decir exactamente. (Si alguien es tan amable de explicármelo lo agradeceré).

Yo particularmente, y pese a ser una antimonárquica convencida, soy más de Reyes Magos. No sé bien porqué. Serán reminiscencias del pasado... Y eso que en mi familia siempre han sido de orden pragmático y desde el momento en que las reuniones familiares empezaron a realizarse en Nochebuena, sistemáticamente Santa hizo aparición en nuestras vidas, por aquello de aprovechar que el Pisuerga pase por Valladolid, o el Manzanares por las obras de la M30... En cualquier caso, el súmmum del aprovechamiento de la oportunidad práctica por parte de "los míos" era usar la Nochevieja para el tradicional toma y daca de regalitos varios. ¡La Nochevieja! Que digo yo: ¿quién traía los regalos? ¿un duende rezagado de San Nicolás? ¿un paje adelantado de los Reyes?

En fin... la cosa era que nos reuníamos toda la familia en una casa en la sierra que mis abuelos paternos tuvieron a bien comprar a principios de la década de los 80. El chalé, como todavía lo llama mi abuela, no tenía calefacción -por lo que solía hacer un frío de pelotas (con perdón)-, y aunque tenía una estupenda chimenea en el salón, se habían encargado de despojarla de todo halo de romanticismo convirtiéndola en una estufa vil... Pensándolo ahora, entre el frío y el aislamiento a mi todo aquello me recuerda al Resplandor, mítica peli de Kubrick... Allí nos juntábamos más de veinte personas. Muchos niños. Después de las uvas y de brindar, los adultos con champán -o cava como se dice ahora- y los niños con sidra, y sin dar muchas explicaciones nos mandaban a la entrada de la casa donde había un montón de paquetes envueltos en papeles multicolores. 

Sea por la razón que sea, el caso es que a mi el tema de la cabalgata siempre me ha hecho ilusión. Iba a la de mi barrio, donde los caramelos eran de la casa Paco y las carrozas, mucho más modestas que las del centro, de los comercios de la zona, cuando todavía no habían proliferado ni los centros comerciales ni los hipermercados... Ahora, en pleno auge consumista, lo único que sigue siendo igual es la falsa piel negra de Baltasar. Pero a mi me da igual. Esta noche dejaré mis mejores zapatos bien lustrados en un lugar fácilmente accesible, me acostaré nerviosa y cerraré los ojos con fuerza tratando en vano de dormir del tirón...

Felices Reyes

Dame la bota, María, que me voy a emborrachar

Dame la bota, María, que me voy a emborrachar

Fue una de las primeras veces que salí en Nochebuena. Una fiesta que según mi padre tiene su razón de ser dentro de un contexto puramente familiar. Después de cenar copiosamente, reirle los chistes a mis tíos, escuchar las anécdotas de mis abuelos y jugar un poco con mis primos pequeños, me despedí... no sin tener que lidiar previamente con el ceño fruncido y temible de mi viejo, como se decía entonces en el argot que practicaba la gente de mi tribu.

Porque yo tenía tribu. Poco fiel, eso sí -eso siempre- pero tribu al fin y al cabo. A esa edad, pertenecer a una tribu era algo crucial para la estabilidad emocional de la mayoría de mis coetáneos. Era heavy. A todos los efectos. En cuanto a indumentaria, tirando a gótica. Siempre de negro. Mallas, camisas amplias, jerséis, pelo, cazadora, ojos. Todo muy negro. Consumidora de revistas de alto contenido cultural como Metal Hammer y oyente de programas radiofónicos nocturnos que a mi madre le parecían poco menos que satánicos. A los pocos meses de haber tomado la decisión de ser heavy, ya atesoraba multitud de discos de grupos que se adscribían al género que había adoptado como favorito. El Thrash Metal. Literalmente: Azote de metal, aunque a menudo -incluso entre los entendidos- se confunda con metal basura...

Orgullosa de mi recién adquirida cultura metalicosa, no me costó demasiado hacerme con un grupillo de individuos afines musicalmente, al menos en la fachada -en el interior siempre oculté gustos mucho más plurales- con los que mover la cabeza en Canciller e intercambiar material discográfico y parafernalia macabra (aún conservo mi mítico anillo de calavera). Yo misma he podido corroborar con el tiempo, los recuerdos y las fotos la versión de mis padres sobre la semejanza entre mi pandilla de amigos y la familia Munster. El Fortu, el Bisagra, el Chipi, el Manowar, el Kiki... eran mi plan para aquella Nochebuena. De las primeras en las que salí...

La cosa era simple. Ir al parque de al lado de mi casa (de adolescente no existe el frío) a beber y a reírnos. Kalimotxo y cerveza. Heavies de bajo presupuesto y graduación. Unos petas. "Costo del bueno. Me lo ha traído el Ogro, que está haciendo la mili en Almería". La  fría noche de Hortaleza evoluciona con normalidad. Primero, el parque. Luego un ratito en la Santa Sed. Otro ratito en El Quinto Pino. Otra vez al parque...

Antes de que me de cuenta, mi cabeza da vueltas y la risa descontrolada se transforma en nauseas y mareos. Todo me da vueltas y las piernas no me responden bien. Mierda. Nunca se me dio bien el alcohol. Miro el reloj. A duras penas distingo la hora en las manillas difusas. Tengo que irme a casa. Se me ha hecho tarde. Me van a matar. Me levanto y no consigo caminar recta. No puedo llegar así a casa. "Damos un paseo, seguro que se te pasa... ¿Has probado a vomitar? ¿Qué tal un café con sal?"

Transcurre una hora larga hasta que consigo llegar a casa. Vomito dos veces de camino. Los nervios apretándome el estómago no ayudan a mi mejora. La noche clarea, constatando que se me ha acabado el tiempo. Me despido de mi tribu. "No te preocupes, Isilla. Feliz Navidad. Hasta mañana". Ya es mañana. Es navidad.  Me miro en el espejo del portal. Qué careto. Subo las escaleras a duras penas. Abro la puerta. Mi padre está en el pasillo. Me mira. Furioso. Hola... papá...

...todavía me sudan las manos

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Entrañable

Entrañable

¿quién no tiene asociado ese adjetivo a la navidad?
Época de excesos etílicos y alimentarios, de exaltación de la amistad y de los valores familiares, del consumo exacerbante, de brillos, luces, villancicos... la navidad, cristiana o no, es probablemente el período más efervescente del año y no solo por las burbujas del cava. Son días de locura en la que se mezcla constantemente la alegría, un poco impuesta, y la nostalgia inevitable.
La ciudad se engalana y hierve pese al frío, con una combustión constante de ir y venir de gente. Las calles se llenan de personas que de forma momentánea se sienten legitimadas para perder la vergüenza y los complejos. Cantan sin pudor y se disfrazan sin importarles ni la edad, ni la condición social... ¿alguien sabe el porqué de la moda de las pelucas?
Sin duda, esta es la mejor parte de tan "entrañables" fechas... Lo peor, la fiebre consumista que invade a todo el mundo. Hay que regalar, comprar, cenar, beber, salir... en resumen: gastar. De forma convulsiva y sin causa razonable, dejandose llevar. Con alegría y nostalgia.

¡Están locos estos chinarros!

 

Amantes de la contaminación, no sólo atmosférica sino sobre todo lumínica y acústica, los chinos son adictos al teléfono móvil,cuando la verdad es que gritan tanto cuando hablan que dudo que lo necesiten. Ves los modelos más avanzados y con todo el tunning a su alcance: lucecitas por todas partes, y sintonías de lo más dispares. ¡Hasta pasodobles! He de reconocer que con Suspiros de España, me emocioné...

Se duermen en cualquier parte, los ves apoyar la cara sobre los brazos y en segundos están dormidos. O una de sus posturas más auténticas, con la cabeza incrustada en el respaldo del asiento delante del que están sentados.

Sus pautas de urbanidad son un poco relajadas por usar un eufemismo amable. Las colas no existen como concepto, salvo cuando está la policía poniendo orden, son una masa de gente informe que espera algo. Con ansia. Muy juntos todos. Al borde de la avalancha.... con una competitivad por llegar al objetivo los primeros más propios de una final de atletismo a lo sucio. Con empujones y codazos si es necesario. Pasando por alto niños y ancianos, en la más ancestral manifestación de la ley del más fuerte.

Estás intentando descifrar alguno de los escasos carteles en "chinglish" o viendo algo en un museo, y se te ponen delante de tus narices a leer lo mismo. Lo mismo si estás haciendo una foto.

La única norma de tráfico que existe es "tonto el último"... con atascos de más de tres carriles de coches en una carretera de doble sentido, y se sienten obligados a demostrar como suena su claxon cada 30 segundos, con el único objetivo de decir: Aquí estoy yo. Los motoristas van sin casco, y a veces va toda la familia en la moto.

No cierran nunca las puertas, ni siquiera las de los baños cuando están dentro. De hecho es que muchas veces no hay puertas. No conciben la idea de la privacidad occidental... y claro resulta muy chocante entrar en un baño público y divisar a una china en cuclillas haciendo fuerza.

Escupen por todas partes, incluso en el suelo de los locales; por las ventanillas de los medios de transporte... con una precisión de misil militar y con un sonido gutural de reactor nuclear, son capaces de encestar en un cubo su criatura sólida desde una distancia de más de 3 metros. No sé como no lo han propuesto aún como disciplina olímpica para Beijing 2008.

Sorben la sopa a 100 decibelios, y cuando mastican es como si se les estuviera cayendo la dentadura postiza. Escarban los dientes como si fueran a encontrar oro (de hecho muchos lo llevan en la dentadura), y no usan servilletas ni manteles. Incluso en lugares de cierto postín, te ves en la necesidad de pedirle alguna servilleta a los camareros, ya que por falta de hábito se les olvida ponertela.

En muchas casas tienen DVD, televisión por satélite y estéreo, pero el servicio está a 20 metros de casa, y no tienen ducha. Los baños son siempre de agacharse, lo cual después de caminar 7 horas por la montaña no te hace ninguna gracia... por no hablar del escatológico problema de la puntería...

En todo caso, China es un país fascinante, la cultura viva más antigua del mundo, con un idioma que tiene más de 5.000 años de historia, 28 lugares Patrimonio de la Humanidad que serán muchos más ahora que los chinos han entrado en los circuitos culturales y turísticos (con una intensidad tan frenética que más que riada son un tsunami), y una gastronomía de las más sofisticadas del mundo...

...además, es inevitable cogerles cariño

Hace calor... más aún

La acera hierve, el metro emana vapor por sus bocas, el asfalto se derrite y hasta a la estatua de la violetera le canta el alerón del sudor, que es algo muy castizo... El calor aprieta cada vez más... y aquí no hay playa, como dice la canción.

Que Madrid tiene un clima hostil es algo que tenemos más que asumido los madrileños... pero los que diseñan el mobiliario urbano deben estar empadronados en Albacete, a juzgar por la incompatibilidad de los materiales que eligen con la extrema temperatura capitalina.

Estoy pensando, por ejemplo, en los asientos de las paradas de los autobuses, hechos de hierro forjado directamente en el infierno. En verano, una, que va desprevenida se sienta a esperar el bus pensando, ingenua, que ese es el fin del poyete dichoso... y casi inmediatamente notas el olor a chamusquina y el dolor del achicharramiento en la parte más noble del cuerpo humano. En invierno, por el contrario, aunque nadie se acuerde ya de que esta estación existe... es apoyar el trasero y por más fundas que lleves, oye, la gelidez te traspasa hasta los huesos...

En fin, como a todo hay que sacarle algo bueno, diré que tengo entendido que estos bruscos cambios de temperatura son buenísimos para la celulitis... ¡chicas hay que cuidarse!

Hace calor... más aún, si cabe...

... y cabe... ¡Vamos! si cabe...Ya sabemos los madrileños que nuestra ampolla veraniega es que aquí no hay playa... Vaya, vaya... por eso procuro escapar hacia el mar cada vez que tengo oportunidad, aunque sea de camping... Es que una tiene su presupuesto vacacional limitado y el camping es una alternativa económica, sin duda, pero dotada de múltiples inconvenientes. El mayor, a mi modo de ver, es el ruido nocturno. Cuando estás en una de esas tiendas de campaña - y eso que la mía es último modelo, de esas que se montan solas en 3 segundos- se oye todo. De hecho, yo diría que se oye amplificado...

Ya son años haciendo incursiones esporádicas en el apasionante mundo del camping y una tiene ya cierta pericia reconociendo el tipo de vecino de tienda que te ha tocao en suerte: que es una apacible familia con tres generaciones compartiendo tienda -para que luego diga el PP que la familia está en crisis- sabes que hay posibilidades de que la próstata del abuelo te dé la noche, o que las picaduras de mosquito del nene perturben tu plácido sueño... Si, por el contrario, es un animado grupito de chicos en plan despedida de soltero a la paleta previo botellón, sabes, sin ningún género de dudas, que te despertarán entre las cinco y las seis de la mañana en plena euforia etílica haciéndote constar a voz en grito la melopea de la que son portadores.

En eso consiste compartir espacio con otros seres humanos en la naturaleza... aunque el camping no es el único ámbito en el que puedes escuchar vida nocturna. No. Yo vivo en un cuarto interior, término que significa que las ventanas no dan a la calle sino a un patio interior. O a dos, como es mi caso. Y esto, en términos acústicos quiere decir que en verano, que es cuando una tiene las ventanas abiertas, escuchas al del primero ensayar su virtuosismo al piano, al de enfrente entusiasmarse con su peli de kung-fu, el llanto del niño de la del segundo, la discusión de los de al lado... y sobretodo, la efusividad madrugadora del amor estival de los del tercero. Qué de flujos y reflujos, vaivenes, golpes, muelles, gemidos, grititos... ¡Cuánta pasión a deshora! Con lo bien que está la hora de la siesta, absolutamente compatible con mi no-jornada intensiva...

En fin, que puestos a oir, prefiero el camping, que por lo menos hay playa... Vaya, vaya...

Hace calor

Ya han abierto las piscinas municipales. Cada año más tarde... Antes, una sabía que tras la verbena de San Isidro, habitualmente pasada por agua, quedaba instaurado el verano castizo. La lluvia para estas cosas es lo de menos. Si es verano, es verano y punto... Menudos somos los madrileños para estas cosas. En cualquier caso, lo bueno es que una puede ponerse un trapillo mínimo y unas chanclas de playa, que sólo con dejar entrever los tirantes del bikini y la toalla ya está justificada la indumentaria.

En la piscina municipal una puede echar el día, en plan dominguero sin salir del centro... te llevas tu tupper con la tortilla, los bocatas y p'alante... Algunas hasta tienen algo parecido a un chiringuito... con paella y todo!

Como a una le gusta inaugurar siempre que puede, el fin de semana pasado estuve en uno de estos sustitutos frustrados del mar de Madrid, en pleno Chamberí. No sé si por causa de la sequía o de la moda minimalista, pero el césped había desaparecido... En su lugar habían puesto unas tablitas de madera color wengué, muy monas, pero que una vez que una se tumba sobre ellas no puede evitar sentir complejo de salchicha asándose a la parrilla, no solo en la forma si no en la temperatura.

Pese a estar sobre una parrilla, la densidad de la piscina llegó a alcanzar las magnitudes de Benidorm en agosto... de hecho hay momentos en que una cierra los ojos y hasta puede imaginar que está allí, con los cachitas marca-paquete ligando, los guiris de todo tipo de nacionalidad expresándose en pluralidad de idiomas y acentos, el grupo de amigas en la cuarentena solucionando la vida de la que está ausente, los adolescentes haciendose llamadas perdidas y comentando las jugadas de la noche previa...

En resumen, una experiencia sociológica muy positiva.

Viajar Madrid

Aunque los taxis de Madrid, y sobre todo sus taxistas dan para un blog en sí mismo... procuro no perder la perspectiva obrera de la que provengo, ni la filosofía urbanita que me anima a seguir en esta ciudad pese a su clima hostil, y suelo usar el trasporte público.

Por las mañanas, "vuelo"... y no en helicoptero como nuestra presidenta, sino en metro. Cuando la temperatura es extrema y el sudor (no solo mío) me impide concentrarme en la lectura, me deleito en el placer de la contemplación ajena, en el arte de la sociología... siempre se dan situaciones interesantes.

El viernes, sin ir más lejos, me senté al lado de una hermana, aunque no mía... una monja, vaya. A mi izquierda, la religiosa, y a mi derecha y frente a mi una pareja de chavales alternativos fuencarraleros, de éstos con piercings en lugares insólitos. Ambos llevaban sendas carpetas negras, de tamaño grande, llenas de dibujos. Eran ilustradores. Deduje.

- Este es mi favorito- decía él, extrayendo un dibujo de una mujer desnuda de senos descomunales en colores violetas con aire manga y mostrándolo a su compañera.

- No está mal. A ver si tienes suerte...- contestó ella, mientras la monja a mi lado se santiguaba cerrando los ojos.

Se bajaron en la siguiente estación. Los tres. Qué lástima, ¿no

Te voy a contar mi vida que me apetece

Hay que ver... como me gustan a mi los taxistas con radio transmisor... Volvía de Telecinco, abstraída, pensando en mis cosas, evidentemente nada sobre la reunión. Porque es que, yo, salgo de una reunión de trabajo, y es que se me borra de la mente todo lo relacionado con la misma casi de forma instantánea. Nada más montarme en el taxi, me he quedado embobada mirando que, justo enfrente de Telecinco, hay un flamante edificio castrense que no ha tenido a bien cambiar el escudo del estado y mostraba sin pudor y labrado en piedra el yugo, las flechas, el águila y demás parafernalia preconstitucional, y se me ha venido a la mente Suspiros de España. Una cosa ha llevado a la otra, como se suele decir después de los buenos ratos, y me he visto recordando las escenas de Soldados de Salamina. Por cierto, peliculón... Bueno, que me voy del tema. Que digo, que iba tratando de evitar la angustia crónica que me genera ir en la parte de atrás de un coche en movimiento - si está parado no tengo problema- y el taxista y sus colegas me han arreglado el día.
"Erre, erre... que si nos vamos a Jerez"
"yo prefiero ir a ver al Alonso, que he leído que viene a Madrid"
"Erre, erre, la verdad es que las motos se ven mejor en la tele"
¡Viva la sociología! Dejad que las conversaciones privadas del mundo se acerquen a mis oídos agradecidos e indiscretos, y un día de estos haré una tesis al respecto.
Y sigue el jovial dialogo con un tono de voz como entre de chulapo de Zarzuela y Pepe Domingo Castaño en Carrusel Deportivo, sólo interrumpido por dudas técnicas poco trascendentes: Señorita, ¿sigo hasta Cuzco o me meto por Padre Damián?... como usted vea...
"Erre, erre... carrerita que acabo de hacer de 8,75 euros y cooon propina incluida... lo digo, pa que tome nota tu cliente o clienta... y ahora me voy a por otra víctima... otro cliente, quería decir, con perdón..."
Y todo esto con la nueva canción de los Hombres G de fondo. Qué emoción.
De verdad, rejuvenecida me hallo.

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Échate un poquito más...

Échate un poquito más...

Comer es un placer indudable. No hay deleite comparable al de degustar una ración de jamón ibérico acompañado de una copita de Ribera del Duero, por poner un ejemplo simple... y en España, además, tenemos la suerte de atesorar una gastronomía digna de dioses, pero también la desgracia de contar con una generalizada propensión a la gula.

No sé si será algo propio de la cultura española o pasa en otros lugares del mundo... no he viajado lo suficiente aún como para tener una teoría al respecto... pero lo cierto es que mientras las nuevas generaciones se desarrollan en una convulsión desquiciante entre el consumo masivo de hamburguesas y donuts y la anorexia de la hoja de lechuga, para los ciudadanos españoles de mediana edad estar flaco sigue estando mal visto.

Resulta socialmente incorrecto decirle a alguien que está gordo. A nadie que reflexione un poco antes de abrir la boca se le ocurre hacer un comentario del tipo: Menuda barriguita estás echando o desde este perfil se te ve bastante papada... Sin embargo no hay escrúpulos a la hora de comentar que te estás quedando en los huesos.

Se habla mucho de los trastornos psico-alimentarios como la bulimia y la anorexia, que sin duda son un problema de envergadura, pero apenas se reconoce la presión social que sufren las personas con una constitución corporal frágil para comer por encima de su capacidad. Existe. Y resulta extenuante.

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