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31/07/2007
Recibir el váter

"Pase usted, por favor, tome asiento. Tiene buen aspecto, un pelín pálido, quizá. Póngase cómodo, no se inquiete por el agüjero. Está usted en su casa. ¿Le sirvo algo de beber o está cansado del sonido de la cisterna?"
Que no... que no se me ha ido la pinza. Que aún conservo mi neurona, aunque haga bastante tiempo que no la pasee por aquí y pese a que cualquiera pueda pensar lo contrario a juzgar por el título de este post. Cualquiera, claro está, que no haya estado inmerso nunca en la pesadilla de hacer obras en casa. Y es que "Recibir el váter" es, queridos, la expresión que usan los albañiles para la labor consistente en "asegurar con yeso u otro material un cuerpo que se introduce en la fábrica, como un madero, una ventana, etc" (Real Academia Española © Todos los derechos reservados)... O, lo que viene a ser lo mismo, instalar el inodoro.
Y es que de todo se aprende. Tener a paletas en casa, pitillo en boca y vapor etílico en el aliento desde el primer rayito solar -cuando no rayita- puede resultar desquiciante, pero es sin duda una fuente inagotable de sabiduría. Del Bibi, uno de los rumanos que ayudó a configurar la estética actual de mi casa (el que hablaba, el otro no articulaba palabra en castellano), aprendí muchas cosas. Por ejemplo, que es imprescindible llenar el depósito con un par de litros de cerveza por jornada de trabajo si quieres que la obra avance, o como mínimo que haya alguien haciendo que trabaja en ella.
Reconozco que pese a tirar paredes, alisar gotelé, bajar escombros cuatro pisos sin ascensor, subir muebles esos mismos cuatro pisos por las mismas escaleras, compartir mis días con el Bibi y el mudo, pelearme con los de Ikea, desesperarme con los del Leroy Merlin, poner suelo, blanquear juntas... la cosa no fue para tanto. Al menos aprendí a recibir con educación al váter.
