Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.
05/01/2007
Ya vienen los Reyes...

Desde hace ya casi un par de décadas, cada año por estas fechas se viene alimentando la misma polémica: ¿Papá Noel o Reyes Magos? Hay quién se deja arrastrar por las nuevas tendencias, cediendo al embrujo de gordo de rojo con la débil excusa de que para los niños está mejor recibir sus regalos el 24 de diciembre ya que así pueden disfrutar más tiempo de sus juguetes. Otros, en cambio se mantienen firmes ante la tradición de los Magos de Oriente. Pero el caso es que entre unas cosas y otras, ante el fervor consumista que hace estragos en nuestras almas durante las fiestas navideñas, cada vez hay más gente que da y recibe obsequios dos veces, por la Navidad y por la Epifanía... que nunca he sabido lo que quería decir exactamente. (Si alguien es tan amable de explicármelo lo agradeceré).
Yo particularmente, y pese a ser una antimonárquica convencida, soy más de Reyes Magos. No sé bien porqué. Serán reminiscencias del pasado... Y eso que en mi familia siempre han sido de orden pragmático y desde el momento en que las reuniones familiares empezaron a realizarse en Nochebuena, sistemáticamente Santa hizo aparición en nuestras vidas, por aquello de aprovechar que el Pisuerga pase por Valladolid, o el Manzanares por las obras de la M30... En cualquier caso, el súmmum del aprovechamiento de la oportunidad práctica por parte de "los míos" era usar la Nochevieja para el tradicional toma y daca de regalitos varios. ¡La Nochevieja! Que digo yo: ¿quién traía los regalos? ¿un duende rezagado de San Nicolás? ¿un paje adelantado de los Reyes?
En fin... la cosa era que nos reuníamos toda la familia en una casa en la sierra que mis abuelos paternos tuvieron a bien comprar a principios de la década de los 80. El chalé, como todavía lo llama mi abuela, no tenía calefacción -por lo que solía hacer un frío de pelotas (con perdón)-, y aunque tenía una estupenda chimenea en el salón, se habían encargado de despojarla de todo halo de romanticismo convirtiéndola en una estufa vil... Pensándolo ahora, entre el frío y el aislamiento a mi todo aquello me recuerda al Resplandor, mítica peli de Kubrick... Allí nos juntábamos más de veinte personas. Muchos niños. Después de las uvas y de brindar, los adultos con champán -o cava como se dice ahora- y los niños con sidra, y sin dar muchas explicaciones nos mandaban a la entrada de la casa donde había un montón de paquetes envueltos en papeles multicolores.
Sea por la razón que sea, el caso es que a mi el tema de la cabalgata siempre me ha hecho ilusión. Iba a la de mi barrio, donde los caramelos eran de la casa Paco y las carrozas, mucho más modestas que las del centro, de los comercios de la zona, cuando todavía no habían proliferado ni los centros comerciales ni los hipermercados... Ahora, en pleno auge consumista, lo único que sigue siendo igual es la falsa piel negra de Baltasar. Pero a mi me da igual. Esta noche dejaré mis mejores zapatos bien lustrados en un lugar fácilmente accesible, me acostaré nerviosa y cerraré los ojos con fuerza tratando en vano de dormir del tirón...
Felices Reyes
15/01/2007
No me toques las bartolinas

24/01/2007
Qué guapo le han dejao...

Los tanatorios son lugares macabros y los velatorios actos sociales un tanto escabrosos, donde se reúnen los allegados de un difunto alrededor de su cuerpo sin vida para llorar, darse consuelo los unos a los otros y recordar al ser querido recién fallecido cuando estaba en vida. Estas cosas tienen siempre una porción de compromiso social que me repugna. Gente que va porque se siente obligada a hacerlo y que habitualmente no pintan nada allí. Me resultan especialmente desagradables los comentarios frente a la vitrina: "¿No quieres verle? Está como dormido... mira qué guapo le han dejao." Pese a todo, no es especialmente difícil ver al cogollo familiar del muerto carcajear entre lágrimas rememorando experiencias vividas con el ausente. Sin un atisbo de frivolidad.
Hace algunos años, mi santo padre decidió pegarse un chapuzón en el Río Piedras, para paliar el calor que apretaba inmisericorde en "El Mojito", barquito en el que mataba la siesta intentando pescar algo. Un corte de digestión traicionero le incapacitó para salir a la superficie con normalidad y empezó a bracear consiguiendo como único efecto agotar la fuerza de sus músculos. Mi madre, que le avistó desde la cubierta, le observó divertida pensando sin duda que se trataba de una broma. En seguida comprendió que no había gracia alguna en los aspavientos, y empezó a ponerse nerviosa.
Mi padre comenzó a gritarle: ¡Tira de la caña! ¡Tira de la caña! con la pretensión, no sé si absurda, de agarrarse al sedal y ser remolcado por mi madre cual salmonete.... pero mi madre que, desde hace ya años y aunque ella niegue esa evidencia, está bastante teniente, entendió: ¡Tiradme la caña! ¡tiradme la caña! ...y eso hizo. Arrojarle la caña a mi padre... disipando con ello toda posibilidad de ser pescado.
Finalmente le sacaron del agua, y tengo entendido que yaciendo en el pantalán, hinchado, lívido, inconsciente y con lo ojos en blanco es cuando más cerca ha estado de parecer muerto. No soy capaz de reproducir con palabras los escalofríos y el punzante dolor de pecho que me produce esa imagen mental. Pero aún así, no hace mucho me reía a carcajadas con mi familia recordando la anécdota de la caña...
